martes, 6 de septiembre de 2011

La generación de la libertad

Mi nombre es Ruth y soy una de tantas mujeres que un día creyeron que se comerían el mundo; una de tantas que se creyeron super-mujeres; una de tantas en las que la razón siempre dominaba al corazón. Una de tantas rebeldes sin causa que peleó por llegar lejos en el ámbito laboral, porque eso le daría la felicidad. Pero hace 6 meses la verdadera revolución llegó a mi día a día. Hace 6 meses Dios decidió que yo necesitaba un ángel en mi vida y me lo envió. Y le dio la vuelta del revés a mi cabeza. Y cambió mi mundo, mi mente, y mi alma. Y me di cuenta de tantas y tantas cosas, que sentí la necesidad de convertir en palabras todo ese torrente de pensamientos y sentimientos que recorren mi cabeza y mi corazón. Y es que mi pequeño gran Arturo hace que cada día quiera ser mejor persona. Y de ahí nacen estas reflexiones… de esa nueva forma de ver el mundo que nació en mi el día que nació mi hijo…



Somos la generación de la libertad, de las oportunidades. Los hijos de la democracia, hijos del Estado de bienestar. Somos las que según nuestros mayores “lo hemos tenido todo”. No podemos quejarnos porque no nos ha faltado de nada, porque hemos podido estudiar y formarnos. Tenemos carreras universitarias, masters, trabajos cualificados, somos independientes, viajamos, tenemos derechos y libertades… Gracias a los esfuerzos de las anteriores generaciones la mujer y el hombre somos iguales ante la ley, y tenemos los mismos derechos y obligaciones, las mismas oportunidades.

Y así nos han educado. Nos enseñaron que teníamos que ser fuertes, mujeres todoterreno, y tener éxito en la vida. Éxito que por supuesto, tiene que ver con una vida profesional llena de ascensos, logros y altos cargos. Éxito que se consigue a través de la realización profesional. Éxito que viene dado por “escapar del yugo de la dedicación a la familia”. Nosotras tendríamos unos maravillosos trabajos bien remunerados, y nuestros hijos los criarían, en el mejor de los casos, nuestras madres. Y lo aprendimos y lo asumimos. Y nos lo creímos. Y crecimos poniendo nuestros objetivos en llegar alto, y aparcamos a un lado todo lo que no fuera trabajo, y dedicamos 12 horas diarias a la vida laboral. Porque nuestra prioridad era cumplir con esas expectativas que habían puesto sobre nosotras; porque si no conseguíamos un éxito profesional habríamos fracasado. Y algunas lo conseguimos. Llegamos alto. Tenemos un trabajo cualificado que nos reclama casi 24 horas diarias, un marido estupendo para quien procuramos tener tiempo a diario, intentamos no desatender a nuestros amigos, nos esforzamos por mantener la casa más o menos decente. Ya está! Ya somos super mujeres! Lo hemos conseguido! Y nos sentimos orgullosas porque hemos alcanzado lo que queríamos. Hemos llegado a donde se suponía que debíamos llegar.
Pero la sorpresa es que el sueldo que ganas es una porquería para lo que trabajas porque hay mucha demanda y poca oferta, para el jefe no son suficientes tus 12 horas diarias de trabajo, tu marido no está conforme con las pocas horas al día que le puedes dedicar, tus amigos protestan porque te ven poco, y algunos familiares se permiten opinar que tu casa no está lo suficientemente limpia y ordenada.


En conclusión, nada va bien. ¿Y por qué? Parece que la vida no funciona como te habían contado. Parece que la generación de la libertad se ha convertido en la generación de las ataduras. Una generación sobrecualificada, y cuyos derechos no pueden ejercer.


Y entonces, tomamos una decisión. “Voy a ser madre”. Decidimos que ha llegado el momento. Hemos alcanzado nuestras metas profesionales, y nos prometemos a nosotras mismas que en cuanto tengamos el niño seremos capaces de multiplicarnos, y haremos de 24 horas 48, y así podremos seguir dando el 200% en nuestro trabajo y dedicarnos y disfrutar de nuestro hijo. Pero, eso sí, dar el pecho es muy sacrificado, así que les daremos biberón, y si llora, lo dejaremos en la cuna para que se vaya acostumbrando que sino se malcría, y no lo meteremos en nuestra cama porque rompería la intimidad con nuestras parejas, y lo dejaremos con los abuelos los fines de semana para poder irnos de fiesta. Somos la generación de la libertad, ¿recuerdas?


Y llega el ansiado bebé. Y solo entonces nos paramos a sentir… no a pensar, a decidir, a planificar, a organizar. A sentir. Es entonces, solo entonces, cuando conseguimos “mirar hacia adentro”. Y lo que sentimos es una revolución interior. De repente no nos reconocemos. Parece que nada tiene sentido. “Bueno, serán las hormonas haciendo de las suyas”. Pero pasan los días y cada vez te sientes más desubicada. El niño que llora y no sabes calmarlo, los puntos que duelen, el pecho que se agrieta, las voces a tu alrededor que no dejan de hablar, el mundo que no deja de girar…. BASTA!!!! “Tengo que sentarme a escucharme, tengo que escuchar a mi corazón y a mi instinto.” Pero el niño llora, y todo el mundo opina: no lo cojas en brazos que se malacostumbra, (“¿Y no será que me malaconsejas?”) no le des el pecho que se está quedando con hambre, tu leche le sienta mal, quédate en la cama que yo me encargo del niño, uy, eso del fular es muy hippy, ¿no será malo para el niño?”

NO. De repente surge el animal que hay en ti. Te vuelves 100% corazón y 0% razón. Te vas con tu hijo a tu dormitorio, conectas con él, le hablas, te mira… y todo comienza a encajar… el mundo empieza a tener sentido. Le das teta, lo metes contigo en la cama, lo llevas en fular a todas partes Comprendes que él y tú estáis conectados. Que él y tú os entendéis. Que él forma parte de ti y tú de él. Que tu sitio está a su lado. Y su sitio está en tus brazos. Y llega la calma… Ahora lo entiendes todo. Es la naturaleza que está fluyendo. Empiezas a descubrirte a ti misma. Y así pasan los días, con sus mejores y peores momentos, con sus alegrías y sus problemas, pero con tu alma en paz… has encontrado tu yo. Tu hijo ha cambiado tu mente y tu corazón.


Pero de repente, y casi sin darte cuenta, tienes que volver a esas jornadas frenéticas de interminables horas de trabajo. Ahora, sin darte cuenta tienes que empezar a perderte cada día de tu bebé, tienes que empezar a perderte cada nuevo avance de tu niño… te perderás su primer paso, su primera palabra… no podrás sentarte a hacer los deberes con él cada día, te perderás sus actuaciones en el colegio… Entonces, y casi demasiado tarde, te das cuenta de que triunfar no es lo que te habían dicho. El éxito, el logro, pasa por la libertad. La libertad de elegir y decidir. Y ahora no puedes elegir. No eres libre. Sientes la espada de Damocles. El éxito que lograste vino acompañado de casas, coches, viajes… y para eso es necesario ese trabajo que te ahoga. Y no puedes parar esa rueda que gira sin cesar. Tu alma ha cambiado, has renacido con la maternidad, pero tu vida sigue igual. Tu jefe te sigue reclamando 12 horas diarias, tu pareja te necesita a su lado, tus amigos cuentan contigo, algunos siguen juzgando tu casa. Y además hay un ángel en tu casa al que te sientes irremediablemente unida que te reclama en la distancia. Y el día sigue teniendo 24 horas. Y piensas en lo equivocada que estabas cuando pensabas en el éxito que tendrías en la vida.


Y es casi demasiado tarde. Tenemos que aferrarnos a ese “casi” y coger las riendas de nuestras vidas. No volveremos a caer en lo mismo. Ahora sabemos lo que queremos. La fuerza de la inercia es tremenda, y es muy difícil parar una rueda y hacer que gire en sentido contrario. Pero estoy convencida de que podemos hacerlo. Porque la generación de la libertad es una generación fuerte, que, a pesar de lo que muchos piensan, hemos aprendido a luchar, nos han educado para tirar adelante contra viento y marea. Y es el momento de demostrarlo. 

1 comentario:

  1. Q bueno!! Me siento muy identificada, de corazón GRACIAS!

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